Fierlicity- Llegar a Manhattan.
Antes de empezar, me presento: soy de México DF, y estoy en NY estudiando Magazine Writing. Lo que más me gusta en la vida es el café y la comida, la música, los libros, y explicar las cosas por medio de referencias a series y películas. En este espacio, voy a platicarles historias divertidas de mi viaje, desde descubrir un restaurante hasta toparme a Ryan Gosling (puede pasar, no?). Hoy, las altas y bajas de llegar a vivir “a la gran ciudad”.
Hace exactamente un año, después de una crisis vocacional, empecé el proceso de aplicación para la maestría. Me inscribí para los exámenes, escribí ensayos, pedí cartas de recomendación, y les anuncié a mis conocidos que estaba planeando estudiar fuera de México. Una parte de mí estaba segura de que lo lograría. La otra, no tanto. Durante esos dos meses pasé por todos los estados de ánimo imaginables: emoción (dentro de un año podría estar estudiando en Nueva York!), pánico (tengo sólo dos meses para hacer todo esto), frustración (quién me dijo que podía hacer un examen que incluye mate?) e inseguridad (qué oso me estoy echando, ninguna escuela me va a aceptar).
Después de varios fines sin salir, un par de breakdowns emocionales y miles de mails, llegó la fecha límite. Ya nada estaba en mis manos. Era hora de esperar y descansar mentalmente.
Un año más tarde, aquí estoy. Entré a la escuela que más quería, en la ciudad que más quería. Pero la novedad fué que lo realmente complicado apenas empezaba.
Llevo poco más de ocho semanas aquí, sólo seis han sido de clases, pero absolutamente todas han sido de aprendizaje. En este tiempo he descubierto que ir a Ikea no tiene nada que ver con lo que nos hacen creer en 500 Days of Summer, y que hacer amigos aquí es muy diferente. Y si creía que ya me había librado de la pesadilla de oír sobre política todo el día en México, pues este es el mejor chiste: llegué justo al periodo de elecciones!
Una vez más, he pasado por todas las emociones. Desde deprimirme por una baja calificación (problema nerd) hasta estar tan feliz de ir caminando por Midtown que sonreía sola (de oso). Las primeras veces que me sentía triste, también me entraba una culpabilidad horrible, ¿Cómo podría no estar completamente extasiada de estar aquí, después de todo lo que trabajé para llegar?
Después de platicarlo con mucha gente, desde mi mamá hasta nuevos, me dí cuenta de que todos estos sentimientos son parte del aprendizaje que se sale del salón de clase. Así que decidí que iba a recibir cada uno de ellos, incluyendo los no-tan-divertidos. Ha sido mucho más fácil aceptarlos, en vez de culparme por sentirlos y mejor opté por seguir el consejo de How I Met Your Mother:
“Leave the house. Go for a walk. Get a bagel.”
Uno de los consejos más sabios en casos de bajón. El hecho de que mi colonia esté llena de cafés y delis, ayuda mucho. Ah! y ya no me dá oso sonreír sola, lo hago sin pena alguna. Total, las calles de Nueva York están llenas de gente peculiar. Dudo que alguien se fije mucho en mi felicidad.
La mejor parte del asunto ha sido darme cuenta de cuánta gente está igual, y lo dispuesta que está a platicarlo. Los días felices y los días difíciles tienen algo en común: son mejores cuando se comparten.
Ingenuamente, creí que vivir sola en Nueva York iba a ser la felicidad absoluta e inmediata y me di cuenta que no es así. Encontré que cada día hay algo nuevo que sentir, alguien nuevo por conocer, o una idea diferente que escuchar…
Y eso es mucho más emocionante que la felicidad inmediata. Es mucho más real.
Cris.








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